miércoles, 24 de octubre de 2012
computadores
En las piezas para teclado de J.S. Bach, los pianistas de jazz han encontrado disonancias y fórmulas armónicas adecuadas a sus búsquedas en la improvisación. La estética musical empezó a cambiar en forma radical en la segunda mitad del s. XIX. Wagner, Scriabin, Mahler, Bruckner, Strauss, Debussy y al fín de cuentas, Schöenberg, rompieron sin prisa el hilo de la tonalidad de un discurso musical que poco a poco perdería sus contornos impulsado por los impresionistas y la fotografía. La cerradura daba un giro al clasicismo con obras como 'Noche transfigurada' (1899) y 'Pierrot lunático' (1912) de Schöenberg con su aura surrealista. "Prepárense burgueses, ha llegado su hora", escribiò Paul Klee y luego, con la Escuela de Viena que abriría una nueva era a la concepción del sonido como elemento fìsico de extrema manipulación. Satie y décadas más tarde, John Cage, completarían la tarea con la duración de las notas y la presencia del silencio. Al final de la II Guerra, la escena europea estaba lista para acoger toda clase de ismos bajo la reverberación del sonido electroacústico. En el decenio del 70, el IRCAM aglutinó en París esas propuestas en el millonario proyecto ofrecido a Pierre Boulez en el Centro Georges Pompidou que abrió en 1977. Al comienzo, sus objetivos se dirigían a investigar la naturaleza del sonido, el timbre de los instrumentos, la sicoacústica y otros temas relacionados, pero pronto se abrieron campos hacia creaciones de cualidad estética mediante la teoría de sistemas y los computadores.
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