Vuelvo a mi incomprensión de 'El agua' y 'El fuego', primera y segunda parte de la novela de Hermann Broch. ¿Cómo podía asimilarlas el joven lector vanidoso que fui, atraído como una falena por el brillo de la vida literaria y no asomado aún ni de lejos al acantilado de la vejez? 'La muerte de Virgilio' cautiva a la vez el oído literario y el oído musical. Su relectura es la audición de una sinfonía cargada de símbolos, perturbadora pero serena.
No la de 'Los adioses' de Haydn, sino la de la 'Novena' de Beethoven o del 'Requiem alemán' de Brahms que solía poner de sobrecena, acompañado, hasta hace 16 años y que, desde entonces, me es imposible escuchar. Música, poesía y novela se superponen en ella sin confundirse, como una promesa liberadora que borra pasado y presente, suspendida en el hilo que nos lleva a la aurora de los tiempos y a su implosión final.
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